Paraiso – Toni Morrison

Disparan primero contra la chica blanca. Con las demás, pueden tomarse el tiempo que quieran. En el lugar donde están, no hace falta que se den prisa. Se encuentran a veintisiete kilómetros de una población que, a su vez, está a ciento cuarenta y cinco kilómetros de la más cercana. En el convento seguramente habrá muchos escondrijos, pero hay tiempo y el día acaba de empezar.
Ellos son nueve, casi el doble del número de mujeres que tienen que poner en fuga o matar, y cuentan con los elementos necesarios para ambos fines: cuerda, una cruz de hojas de palma, esposas, gas lacrimógeno Maze y gafas de sol, además de unas armas limpias y hermosas.
Nunca han entrado tanto en el convento. Alguna vez, alguno de ellos ha aparcado el Chevrolet cerca del porche para recoger una ristra de pimientos, o ha entrado en la cocina para comprar una botella de salsa para barbacoa; pero sólo unos pocos han visto los pasillos, la capilla, el aula, los dormitorios. Ahora, todos los verán. Y por fin verán el sótano y expondrán su inmundicia a la luz que pronto barrerá el cielo de Oklahoma. Mientras tanto, se sobresaltan por la ropa que llevan y caen súbitamente en la cuenta de que no van vestidos de la manera adecuada. ¿Quién iba a decir que haría tanto frío en ese lugar en un amanecer de julio? Las camisetas, camisas de trabajo o camisas de estilo africano absorben el frío como si fuera fiebre. Los que se han puesto zapatos de trabajo se sienten incómodos por el estruendo de sus pasos sobre los suelos de mármol; los que llevan zapatillas de deporte Pro–Keds, por el silencio. Y, además, el lugar es grandioso. Sólo los dos que llevan corbata parecen encajar con él, y uno por uno, todos recuerdan que, antes de convertirse en convento, esa casa fue el capricho de un estafador. Una mansión donde se suceden sin interrupción los suelos de mármol en tonos ocres y rosados y los de madera de teca. La mica conserva la luz de otros tiempos y forma dibujos en las paredes, a las que hace cincuenta años se les quitó el papel para blanquearlas. La vistosa grifería del cuarto de baño, que asqueaba a las monjas, fue sustituida por unos grifos buenos y sencillos, pero los lavabos y bañeras costosas, que no podían cambiarse sin un gran gasto, permanecieron en su lugar con corrupto descaro. Las locuras del estafador que pudieron demolerse fueron demolidas, especialmente en el comedor, que las monjas convirtieron en aula y donde hacían sentar y callar a las chicas arapajo para que aprendieran a olvidar.

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